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Priam resucitado, por El infierno de Barbusse

Para buenaventura de los lectores que buscaban hace tiempo esta obra entre los volúmenes de celulosa compacta y amarillenta que pueblan las librerías de lance –búsqueda errabunda e infructuosa, en la mayoría de los casos–, la editorial Impedimenta desentierra el Enterrado en vida de Arnold Bennett. Es el libro de esta primavera. No solo de esta primavera –qué digo–, de muchas más, pues su recuerdo, una vez leído, es indeleble. ¿Que no me creen? ¿Que lo dudan? Vale. Pero no duden de que yo dude, porque yo no dudo, yo afirmo, sentencio, proclamo. Desde que leí en la ya clásica colección de la Biblioteca Personal Borges esta deliciosa novela, su antihéroe, el entrañable Priam Farll, entró a formar parte, directa e inamoviblemente, de mi particular galería de personajes literarios de ficción. Y entrar en ese selecto club no es –ya se lo aclaro– fácil ni rápido. Requiere reunir unas condiciones, comportamientos y desventuras que solo unos pocos caracteres atesoran y despliegan. Requiere unas duras oposiciones por parte de los aspirantes. Así que, les repito, no duden de que yo dude. Tampoco dudarán ustedes cuando conozcan al pobre Priam. Tiempo al tiempo.

En España, la presencia en librerías de este gran autor que es Bennett se ha limitado a la que se considera su obra maestra, Cuento de viejas (Editorial RBA, 2011), en su línea narrativa mas seria. Ahora viene a sumarse a la oferta este clásico de la novela cómica inglesa –Bennett cultivó este género con varios títulos inolvidables–, impagable por lo que de satisfacción y bienestar nos reporta a nuestro sistema nervioso central. En esta flamante edición, Impedimenta rescata, con feliz criterio, la traducción de Vicente Vera (aparecida ya en la edición de Calpe, de 1921), que ha sido revisada y actualizada por José C. Vales (colaborador habitual de la editorial de Enrique Redel), y que transmite de modo admirable el tono humorístico –a veces un tanto surrealista– y grácilmente irónico de la novela. El mismo Vales escribe también un estudio sobre el autor, su producción y su contexto literario. Pero lo más importante de esta edición, y lo que supone una verdadera apuesta por su consistencia bibliófila, es que incluye –aunque esto no se refleje en la cubierta, sí en la portada interior (tendrán ustedes que abrir el volumen si quieren comprobarlo)– un airoso prólogo –a mi juicio– titulado «Priam Farll y el antídoto perfecto para la timidez», a cargo del señor Barbusse (aunque firmado, eso sí, con su seudónimo urbano). Digresiones aparte, lo que les puedo decir con absoluta seriedad es que quien se haga con esta edición, tendrá una verdadera joya, pues los ingredientes con los que se ha arropado –y los cocineros que han cocinado– tanto contenido como continente de la obra son de la mejor calidad y buen gusto.

Bennett, el arte sin afectación, por El infierno de Barbusse

Arnold Bennett ejemplifica como pocos al escritor de gran éxito en vida que es relegado a un segundo plano tras su muerte y que, solo mucho tiempo después, es «redimido» por un nutrido grupo de avispados lectores. La razón de su olvido no tiene nada que ver, como ocurre en otros casos, con la discreta calidad o el escaso interés de su obra, sino más bien con los avatares de la historia de la literatura. Sus orígenes humildes, su manera de entender el arte, y el hecho de ser el epígono de la gran generación de escritores realistas victorianos le granjearon la enemistad de los que por aquel entonces se erigían en dioses del Olimpo literario. T. S. Eliot, George Bernard Shaw, Ezra Pound, E. M. Forster, D. H. Lawrence y, especialmente, Virginia Woolf le dedicaron acerbas críticas y afilados dardos envenenados. El calificativo más tibio con que la autora de Las olas le obsequió es el de «hortera de la literatura».

Una de las razones por las que Bennett sufrió más desprecio fue por su proclamada anti-intelectualidad. Siendo él mismo un intelectual, no ejerció nunca como tal, ni alardeó de ello. Concebía la literatura, y el arte en general, como un medio de ganarse la vida, no más trascendente que cualquier otro. Era alérgico a las solemnidades, remilgos y afectaciones con que los creadores y críticos literarios revisten el oficio de escritor. Para potenciar aún más su posición de hombre de a pie, alardeaba de su gusto por el dinero, los barcos, las multitudes, los excursionistas playeros, el periodismo y la publicidad, algo que erizaba el vello de los intelectuales canonizados. 

En una época en que el incremento de la población se veía como una amenaza de la intrusión de la vulgaridad en cualquier ámbito humano y esto no excluía, por supuesto, al arte, Bennett apostó por mediar entre la cultura refinada y la de bajo nivel. Creía que los intelectuales debían de escribir de tal manera que atrajesen a un público más amplio y no veía por qué había que considerar automáticamente una basura lo que era del agrado de las masas. Según él no había ninguna diferencia esencial entre el lector popular y el refinado. En un artículo titulado "Fame and Fictions", de 1901, decía:
«El arte no es sólo un elemento de la vida; es un elemento de todas las vidas. La división del mundo en dos clases, una de las cuales tiene el monopolio de lo que se denomina «sentimiento artístico», es arbitraria y falsa. Todos somos más o menos artistas; o lo que es lo mismo: no hay persona que carezca por completo de esa facultad de poetizar que, al ver la belleza, la crea, y que, cuando es suficientemente poderosa y capaz de expresarse, da lugar al compositor musical, el arquitecto, el escritor imaginativo, el escultor o el pintor. Quienes ignoran persistentemente esta verdad obvia son causa de muchos equívocos y más de una amargura. La culpa es, en origen, de la minoría, de las personas más artísticas, que han impuesto una distinción artificial a la mayoría, los menos artísticos.»

El exclusivismo de la minoría intelectual, concluye Bennett, ha dividido el mundo en dos campos hostiles, y seguirá dividido hasta que la minoría haga un esfuerzo por entender a la mayoría, iniciando así una «democratización del arte». Bennet creía firmemente en el poder de la educación para cerrar dicha brecha. Su aportación personal, además de sus propios novelas, era la reseña de libros, que educaba el gusto del público inglés. Introducía a sus lectores en las obras de la literatura moderna que consideraba auténticamente valiosas sin adoptar un tono condescendiente o elitista. La lista de escritores a los que elogió refuta al instante cualquier acusación de incultura: Turguéniev, Stendhal, Dostoievski, Chéjov, Maupassant, Proust, Joyce, Faulkner, Gide, etc. En realidad, nada más lejos de los gustos de un hortera de la literatura; en esto iba bastante mal encaminada la señora Woolf.

La defenestración de Bennett por parte de la élite intelectual vanguardista de preguerra fue decisiva para el injusto desplazamiento de su nombre del estante rotulado como “buena literatura», al que sin duda pertenece por méritos propios. Es por esto por lo que no ha tenido la fortuna editorial de otros grandes novelistas coetáneos, como Jospeh Conrad y H.G. Wells, por ejemplo, enormemente populares. Fue solo en la última década del XX, sesenta años después de la muerte de Bennett –¡menudo tirón de orejas merece la señora Woolf y compañía!– cuando su obra comienza de nuevo a despertar la atención de los editores, en gran parte debido al crítico John Carey, quien en su libroLos intelectuales y las masas (1992) habla de Bennett apasionadamente. A partir de entonces, las continuas reediciones de sus obras han tenido una excelente acogida por parte del público lector en el ámbito anglosajón. En España, sin embargo, aún está por redescubrirse la valía de este gran escritor, que cultivó como pocos el humor, la ironía y la elegancia británicas. En nuestras librerías sólo está disponible, de momento, su novelaCuento de viejas, publicada en 2011 por RBA. Otros títulos suyos solo son encontrables en librerías de antigüo y ocasión, en ediciones de hace más de treinta años. Dejemos tiempo al tiempo y esperemos que alguna perpicaz editorial tome la feliz decisión de dar a conocer decididamente a este excepcional escritor a los lectores españoles. 

La calidad, como la verdad, siempre sale a flote, por muchas virginias woolf que intenten desvirtuarla, taparla o hundirla. Al final, lo que queda es la obra, la obra desnuda, descontextualizada. Y es la obra la que invade o no la sensibilidad del lector, la que, por su propia fuerza, pervive o sucumbe. Los calificativos, las ridiculizaciones o las interpretaciones ajenas quedan siempre al margen. Lo dijo de manera admirable el propio Bennett, por boca de Priam Farll, el entrañable personaje de su inolvidable novelaEnterrado en vida: «En arte, nada vale ni nada cuenta sino la obra misma, y (…) no hay cantidad de charla inepta que pueda afectar positivamente, en bien o en mal, el valor de una obra de arte ante el mundo.»

[Este texto es la contribución de El infierno de Barbusse al homenaje que hoy, 27 de marzo de 2013, la Arnold Bennett Bloggers Assembly dedica al escritor inglés, una plausible iniciativa de Elena Rius, de Notas para lectores curiosos, y José C. Vales, deLas luciérnagas no usan pilas.]http://www.elinfiernodebarbusse.com

Bennett; el otro, el mismo, por Meliora latent

Como siempre llego tarde porque dejo todo para último momento. Así que mi compromiso con la Arnold Bennett Blogers Assembly se me pasó como dos días.

Sin darle más vueltas a la cosa y para que quede al menos registro de que soy poco confiable pero no completamente irresponsable... quiero hacer un breve comentario sobre la novela Buried Alive  o Enterrado en vida según la traducción castellana.

En Argentina es casi la única novela traducida que se consigue en ediciones más o menos actuales. No han llegado las nuevas traducciones españolas de Cuento deviejas de 2011, ni ese ensayo tan particular que promete ser Cómo vivir con 24 horas al día y encargar libros a vendedores extranjeros se ha convertido no ya solamente en algo carísimo sino prácticamente imposible por nuestras restricciones cambiarias. Gracias a Dios existen los ebooks; y las obras de Bennett en inglés puedo leerlas bastante bien en mi kindle, a pesar de mis limitaciones lingüísticas.Pero esta vez quiero, antes que nada, comentar unos asuntos externos que resuenan curiosamente en el meollo de  Enterrado en vida

Esta novela trata de un hombre tan tímido que prefiere dejar creer al mundo que ha muerto antes que contradecir a quien lo ha confundido con su mayordomo. Para acentuar más el embrollo de identidades, el asunto es que el protagonista era un pintor famoso que había revolucionado los círculos artísticos de Europa y vendía sus obras a precios altísimos, pero nadie conocía más que su nombre y sus obras: era un misterio oculto al que no se le conocía la cara.  Así las cosas, nadie se da cuenta del error en que se embarca el país entero cuando homenajea a otro –al cadáver de otro– como a su mayor artista y el nombre, Priam Farll, resuena en todo Londres como sinónimo del  merecido orgullo nacional en el campo de las artes.

La novela tiene muchos más vericuetos y en especial un personaje fantástico, como la inigualable Alice, una viuda sensata y pragmática que el protagonista tiene la suerte de encontrar por otro impulso e intercambio de identidades y quien lo guiará a su nueva vida de hombre común, modesto, tranquilo y alejado del mundo sofisticado en el que se movía antes, cuando era Priam Farll, el gran pintor aristocrático.


Decía que en Argentina este libro se encuentra en muchos vendedores de viejo. Y esto es así porque salió en la famosa colección “Jorge Luis Borges – Biblioteca Personal”. Esos libros negros de tapa dura y letras en dorado que editó Hyspamérica a mitad de los ’80. Son unas cien obras elegidas por Borges como una suerte de testamento de lector.
 
“No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector. Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de  tantas literaturas.”

Dice Borges en la página de presentación de la colección que acompaña todos sus volúmenes.
 
No me parece extraño que entre las novelas de Bennett, Borges haya elegido ésta. Y no sólo porque despliega una fina ironía inglesa, sino especialmente porque desarrolla el tema del otro o del doble al que tantas vueltas le dio él en sus obras.Pero sin embargo, sí es un poco un misterio por qué Borges habrá elegido a Bennett en su limitada colección. A diferencia de otros autores de esta "Biblioteca Personal", muchas veces mencionados en todos sus años de comentarios y reseñas literarias, no encuentro que haya hablado de Bennett antes, e incluso, no parece haber sido un autor conocido entre nosotros.

Vale la pena transcribir el breve prólogo que escribió Borges para Enterrado en vida:

Enoch Arnold Bennett (1867-1931) se consideraba un discípulo de Flaubert, pero no pocas veces fue algo menos severo y más agradable: un buen heredero de Dickens. Nos ha legado tres largas novelas hoy clásicas: The Old Wives’s Tale (1908), Clayhanger (1910) y Riceyman Steps (1923), que indudablemente son obras maestras, de lectura intensa y conmovedora. En su Historia de la literatura inglesa, obra curiosamente parca en elogios, George Sampson lo juzga genial, pero este epíteto sugiere violencias y altibajos que son del todo ajenos a Bennett y a su estilo sereno, que pasa inadvertido como el cristal. Bennett se entregó a la literatura con una suerte de entusiasmo tranquilo. A diferencia de H.G. Wells, de quien era amigo íntimo, nunca permitió que sus opiniones intervinieran en su obra.
Enterrado en vida data de 1908. Su héroe, Priam Farll, que manda a la exposición anual de la Royal Academy un cuadro con un vigilante y, al año siguiente, otro con un pingüino es un tímido; la historia entera, con todas sus luces y sus sombras, surge de un solo acto de timidez. La crítica la juzga la mejor de las comedias domésticas de Arnold Bennett, pero esa abstracta definición, acaso irrefutable, nada nos dice de las muchas felicidades y de las muchas sorpresas que en este libro nos aguardan.
Arnold Bennett fue uno de los primeros que reconocieron a William Butler Yeats. Escribió “Yeats es uno de los grandes poetas de nuestra era, porque media docena de lectores sabemos que lo es.”


Tan poco conocido era Arnold Bennett para 1985, cuando se publicó el volumen, que la editorial tomó una decisión curiosa y que lo haría pasar aún más desapercibido entre nosotros, tal vez: como se ve en la tapa, eligió tomar el nombre que Bennett casi no usaba y lo llamó Enoch A. Bennett... 



Borges murió al año siguiente sin haber completado los prólogos de todos los títulos de la colección. ¿Se habrá enterado de este error o nunca lo supo? ¿O acaso podría haberse divertido con semejante confusión de identidades tan adecuada para esta historia? No lo sabremos, pero lo cierto es que cuando se recopilaron los prólogos de Borges a esta colección nadie subsanó el error y se mantiene ahora nuestro autor como “Enoch A. Bennett”.  A medias desconocido o confundido con otro, como Priam Farll.
 

La comedia disparatada de Arnold Bennett, por El buscador de Tusitalas







El mismo Borges explicaba que cuando su abuela era ya muy mayor y sentía el comentario de que ya no existían escritores como Dickens y Thackeray, ella contestaba: “Sin embargo yo prefiero a Arnold Bennett, Gals Worthy y Wells”, de lo que se podría deducir que la inclusión de esta obra por parte de Borges entre sus libros preferidos se debiera en parte a motivos emocionales, pues se sabe que la abuela paterna del porteño, Frances Anne Haslam, vivía cercana al lugar donde Bennett situaba la mayoría de sus obras y la influencia que ejerció con sus lecturas sobre Borges fue decisiva en su formación tan anglófila. Siendo una de sus obras menores, Enterrado en vida (Buried Alive, 1908) de Enoch Arnold Bennett fue elegida por Jorge Luis Borges para formar parte de su mítica colección “Biblioteca personal”. Esto, para muchos de nosotros, constituye una llamada de atención sobre un texto que no debería pasar desapercibido; pero además, nos advertía en el prólogo de las muchas felicidades y sorpresas que nos esperaban con su lectura.

He de confesar mi total ignorancia sobre este autor hasta hace poco, entre otras cosas porque ha sido ninguneado y maltratado por la elite cultural tras su muerte y porque en el panorama editorial español sus libros son bastante escasos. Pero mi experiencia lectora me ha demostrado que algunos de los mejores descubrimientos literarios han llegado por vías no oficiales y ajenas al mercado imperante. Enterrado en vida es un buen ejemplo de la divertida comedia de enredos de aire costumbrista sin  pretensiones que algunos autores practicaban y que sacaba de sus casillas a otros. Ciertamente, mientras leía la obra de Bennett, me venían a la mente escenas de las “screwball comedy” americanas de los años 30-40, pues esta obra comparte muchas características de aquellas locas comedias del Hollywood clásico. De hecho, no entiendo como un argumento tan redondo no tuvo mayor fortuna cinematográfica, pues se rodaron dos versiones bastante anodinas: His double life,1933 y Holy matrimony,1943. Esta historia en manos de Howard Hawks, Gregory La Cava o Mitchell Leisen hubiera podido ser una obra maestra de la comedia.

Enterrado en vida pone en marcha su prodigiosa maquinaria argumental sin forzar el tono humorístico; incluso parece que el autor tan solo nos está ofreciendo una pintura costumbrista de la época. Pero las pinceladas de humor van apareciendo como auténticos dardos de pura acidez desde el mismo inicio:

“Era comprensiva porque quería comprender; y cuando no podía comprender, se engañaba a sí misma diciéndose que comprendía: lo que viene a ser lo mismo”

“Ningún hombre tiene en Inglaterra un honor más grande. Priam Farll fue el primer pintor inglés que gozó de esta recompensa social suprema. Y ahora estaba metido dentro de la bata de color pulga”

En esta aventura de lo cotidiano, el antihéroe es un famoso pintor de nombre Priam Farll que tan solo pretende dedicarse a su obra y que debido a su timidez desea alejarse de cualquier contacto social. En un principio, su criado es el único nexo con el mundo pero, la muerte repentina de este desencadena un continuo de equívocos y absurdos que parecen no tener fin. Bennett, entre precisas descripciones y brillantes diálogos, nos recuerda que nadie puede escapar a esa necesidad que tiene la sociedad de hurgar en la vida de personajes de renombre. Y es que, incluso en nuestra época donde la efímera fama tiene tanto valor, la necesidad de ocultar el personaje y mostrar solo la obra es vista como una extravagancia que nuestra curiosidad malsana derriba con suma facilidad. Por contra, para el protagonista lo extraño viene representado por la realidad cotidiana.

Y la obra avanza desbocada, hasta convertir toda la historia de Priam Farll en un asunto nacional donde unos lunares en el cuello cobran una importancia esencial. No hay lógica aparente, pero todo encaja y esa es la enorme virtud que se da entre los grandes comediógrafos. Y es que Bennett se ríe incluso cuando inicia el clímax:

“La cosa comenzó en el instante en que Alice hundía el tenedor de mango largo en una rebanada de pan. Se oyó un golpe en la puerta de la calle, un golpe estruendoso y resonante, el golpe del destino, tal vez, pero el destino disfrazado de cargador de carbón”.




A los pocos años de aparecer la novela, el mismo Bennett adaptó el texto como obra teatral con el título de The great adventure. Después de las dos versiones cinematográficas, el célebre guionista Nunnally Johnson se encargó de escribir el libreto para un musical que llegaría a estrenarse con poco éxito en las carteleras de Broadway. Vincent Price y Patricia Routledge se encargaron de los papeles principales en esta obra que pasaría a llamarse Darling of the day –tras haberse conocido en los ensayos como The great adventure e incluso estrenarse en Boston como Murried Alive-. Un premio Tony para la actriz y unas escasas 32 representaciones, más la posibilidad de ver cantar a Vincent Price, fueron sus únicas credenciales.


Este texto forma parte del homenaje bloguero a Enoch Arnold Bennett concentrado en la página Arnold Bennett Bloggers Assembly.


http://elbuscadordetusitalas.blogspot.com.es/

Arnold Bennett-Piccadilly, por En Barcelona...

Which of us lives on twenty-four hours a day? And when I say "lives," I do not mean exists, nor "muddles through." Which of us is free from that uneasy feeling that the "great spending departments" of his daily life are not managed as they ought to be? Which of us is quite sure that his fine suit is not surmounted by a shameful hat, or that in attending to the crockery he has forgotten the quality of the food?
Which of us is not saying to himself--which of us has not been saying to himself all his life: "I shall alter that when I have a little more time"?
We never shall have any more time. We have, and we have always had, all the time there is.

~ Arnold Bennett, How to Live on 24 Hours a Day (Cómo vivir con veinticuatro horas al día)


Hace unos meses recibí un correo electrónico de la siempre dinámica Elena Rius en el que me invitaba a participar en la Arnold Bennett Bloggers Assembly, que tendría lugar allá por marzo. Como siempre, porque una es vaga por defecto y por instinto, lo primero que pensé fue en decir que no, en aludir a la falta de tiempo. Por eso ya sé que hay que dejar madurar un poco estas sugerencias, porque al final el interés por la lectura siempre pesa más, por suerte. Dije sí con mucho gusto (porque es difícil decirle que no a Elena Rius) y pensé que total, para marzo faltaban siglos.

En mi cabeza, que últimamente entiende el concepto de calendario y tiempo pero no parece procesarlo, a finales de febrero seguían faltando siglos para el 27 de marzo. "Aún hay tiempo de sobra para lo de Arnold Bennett". Menos mal que Manuel sí que comprende el concepto de calendario y, como yo le había propuesto ver Piccadilly, la película muda cuyo guión es de Arnold Bennett, me sentó a verla a un tiempo prudencial para que me diera tiempo a escribir esto con calma. Si fuera por mí sola sería un cliché andante de lo que el mismísimo señor Bennett decía al comienzo de esta entrada. Así que lo primero que hago es darles las gracias a Elena Rius, a Manuel y al señor Arnold Bennett por tenerme aquí escribiendo esto (suena como si lo dijera con sorna, pero no es así).


Un viernes por la noche nos sentábamos a ver Piccadilly, una película muda de 1929. Y yo comía pipas porque era eso o la garantía de quedarme dormida a pesar de lo bien o mal que pudiera estar la película en sí. Comí pipas hasta hartarme y cuando me harté comí helado hasta que se acabó la película, lo confieso.

Manuel es un entusiasta del cine mudo que se reía de mí diciendo que sería, ¿qué, la cuarta película muda que yo veía en la vida? Después de aclarar si las películas familiares con tomavistas contaban y, como al parecer no, dije que entonces debía de ser la quinta, puesto que las sesiones de proyección de películas familiares siempre solían incluir una de Charlot (que se iba reduciendo, puesto que era el conejillo de indias para comprobar que el proyector funcionaba bien y no tenía el día de romper rollos de celuloide. Todo muy analógico, me siento como hubiera podido actuar de extra en Piccadilly en 1929, pero hablo de finales de los años ochenta y principios de los noventa). Él está curtido y las disfruta, pero yo comentaba al principio que el cine de mudo es muy difícil de ver. No sólo no te permite estar algo distraído con el fin de no quedarte frito, sino que es un lenguaje cinematográfico totalmente diferente. Es difícil saber si una película muda te ha gustado o no, porque no la puedes juzgar en base a nada de lo que conoces (salvo que conozcas bien el cine mudo, obviamente).

En 1929, el cine mudo ya tenía sentencia de muerte firmada por el cine sonoro. En 1929, el cine mudo ya no era tan rudimentario como parece que siempre suena. De hecho, Piccadilly es curiosa porque cada ambiente está tintado de un color, cosa que yo no había visto ni imaginado en mis cinco películas mudas anteriores pero que me pareció una idea llamativa.




Además, la película me pareció curiosa por tener como protagonista a una chica de aspecto asiático que no es otra que para los entendidos la nada desconocida Anna May Wong, en realidad americana. Harta de estar encasillada debido a su aspecto, Piccadilly forma parte de unas cuantas películas que rodó en Europa con la intención de diversificarse. Y de hecho Piccadilly fue su última película muda. Desconozco si cumplió su objetivo europeo, pero en Piccadilly de nuevo la censura puso cortapisas a un beso entre una asiática y un blanco. Por suerte hay una especie de justicia poética - que será muy poética pero siempre se hace esperar - en todo esto, tanto para Arnold Bennett como para Anna May Wong: después de años de estar perdida en el olvido, el British Film Institute la restauró y con ella también la reputación de la actriz. Hay quien considera Piccadilly la mejor película de su carrera.

Por otra parte, ¿alguien viendo esta imagen afirmaría sin dudarlo que es 1929? Anna May Wong nos sorprendió por algo que no sé si llamar modernidad o atemporalidad, pero que desde luego no es la idea que tengo de 1929:


Por lo que comentaba más arriba del lenguaje diferente y demás, resumir una película muda tiende a resultar muy simplón, pero ya que se trata de homenajear al autor del guión, Arnold Bennett, comentaré que cuenta la historia de una sala de noche donde baila una pareja estrella. El hombre decide emigrar a buscar suerte en América (el recorrido opuesto a Wong) y, pese a su ambición y su orgullo, la bailarina en solitario no tiene tanto tirón, a pesar de contar con el respaldo personal y amoroso del encargado. Mientras tanto, el encargado despide a una trabajadora de la cocina, Anna May Wong que tiene el poco agraciado nombre ficticio de Shosho, por bailar en sus horas de trabajo en la cocina. Otra de las trabajadoras, con más visión que el encargado, le pide que le dé una oportunidad sobre el escenario. Y, por supuesto, la bailarina asiática conquista al público, a la crítica y al encargado mismo, para horror de la bailarina local.

Es una historia que choca con muchos límites, sobre todo si se tiene en cuenta la época. Los límites que los, en este caso, ingleses, están dispuestos a marcar y a ceder (al final visto el hecho de que la censura cortó un beso entre inglés y asiática, la propia película y su proyección en la realidad están muy próximas), los límites que la comunidad asiática está dispuesta a flexibilizar, los límites profesionales, personales y sociales, etc. Son todos estos límites los que encuadran la historia a modo de cuerdas tensadas. Y está claro que la cosa no puede acabar bien. ¿Pero cuál es la cuerda que termina por romperse?

En fin, una película curiosa, no sólo por la propia historia de Arnold Bennett, sino por la historia que la acompaña.

Arnold Bennett, a juzgar por su obra en su página de la wikipedia, hacía caso de sus consejos y era un autor prolífico (¡pero si tiene hasta una ópera!), de modo que Manuel, que si no es completista no es nada, aprovechó para indagar acerca de las adaptaciones de su obra. Hay bastantes pero, por desgracia, muchas o son inencontrables o se sabe que están perdidas. De momento hemos visto His Double Life (de 1933), basada en su novela Buried Alive, y que es graciosa y agobiante a partes iguales. Y nos quedan Holy Matrimony (1943), basada de nuevo en Buried Alive, y The Promoter/The Card (1952, con Alec Guinness) Pero estas, al sólo estar basadas en su obra parecen menos relevantes que Piccadilly, con guión propio.

No puedo acabar sin darles de nuevo las gracias a los organizadores de este encuentro alrededor de la figura de Arnold Bennett por invitarme tanto a participar como, más importante aun, a conocer más acerca de este autor (etc.) que hasta hace unos meses no era más que un nombre remoto.

http://93bcn.blogspot.com.es/

Las ediciones españolas de Bennett, por "El viajero lento"


Arnold Bennet en la editorial Calpe

No resulta fácil encontrar los libros de Arnold Bennett en los estantes de las bibliotecas españolas. Hasta la publicación de su novela Cuento de viejas en 2011, por la editorial RBA, las traducciones al castellano de Bennett sólo podían encontrarse en librerías de viejo (con internet, estas búsquedas resultan menos aventureras pero mucho más productivas.)
Vayamos hacia atrás: en 2010, la editorial Melusina publicó su ensayo Cómo vivir con 24 horas al día ; en el mismo 2010, Erasmus publicaba la novela Gran Hotel Babilon; saltamos a 1977 para encontrar la edición de Argos de la trilogía Los Clayhanger (Los Clayhanger, Hilda Lessways y Estos dos); y nada más antes de 1977… hasta llegar a los felices años 20.
Son varios los libros de Arnold Bennett publicados en aquella década. En 1924, en la Colección Babel, aparecía la novela El gran hotel Babilonia “en versión española de A. Ruste”: no he tenido acceso a ningún ejemplar de esta edición. De 1921 es la edición de la editorial Variorum de la novela Amor sagrado y profano. La editorial Mentora publicaba en 1928 la primera edición en castellano deHow to live on 24 hours a day, con el título Cómo aprovechar mejor la vida (título que, a falta de evocación poética, no resulta inferior al original en su claridad descriptiva, dicho sea de paso.)


Pero el mayor éxito en el mercado editorial español llegaba con la publicación de sus cuentos en la colección Los humoristas, de la editorial Calpe.
La vida de la editorial Calpe es larga y corta, según se mire: creada en 1918, se unía a la editorial Espasa (editora de la famosa enciclopedia) en 1925; aparecía así la nueva Espasa-Calpe, una de las grandes editoriales españolas.
En esos ocho años de funcionamiento en solitario Calpe publicó varias colecciones, con notable éxito comercial. Una de las más importantes fue la colección Los humoristas, que empezó a  imprimirse en enero de 1921 en dos grandes imprentas de la época: Gráficas Reunidas y Jiménez Molina. Así se presentaba la colección en el catálogo de 1923 (el único catálogo que llegó a publicar la editorial):

“En las largas horas de tedio o de melancolía; en la fatigosa aridez de los viajes; cuando un esfuerzo o un dolor haya abrumado o acongojado su espíritu, busque usted la amistad, ingrávida y amable, del libro del humorista. La lectura ilumina el sentimiento con la sonrisa  que, sin llegar apenas a los labios, da a la vida un sentido más claro y más dulce.”

Eran otros tiempos, sin duda.
En la colección Los humoristas se publicaron tres libros de Bennett: Enterrado en vidaEl matador de cinco villas; y La viuda del balcón.
Enterrado en vida es la traducción (a cargo de Vicente Vera) de la novela Buried alive: a tale of these days.
El matador de cinco villas y La viuda del balcón son dos colecciones de relatos que en su versión original se publicaron en un solo volumen, con el título The Matador of the Five Towns, and other stories. De la ilustración de las portadas en esta edición española se encargó Ángel Vivanco; la traducción es obra de Cipriano Rivas Cherif.
(Unas breves palabras acerca del traductor: Rivas Cherif fue traductor, dramaturgo, director de escena y, aunque esto no forma parte de su desempeño profesional, cuñado de Azaña. A esta circunstancia de parentesco se debe el célebre episodio de los cuadernos robados: durante el tiempo que ocupó la Presidencia de la República, Manuel Azaña llevó un diario que escribía con meticulosidad, cada día, en unos modestos cuadernos de tapas negras. Completó nueve de estos cuadernos. Pues bien: tras el estallido de la Guerra, Azaña entregó este diario a Rivas Cherif, cónsul en Ginebra, como medida precautoria para asegurar su conservación. Un diplomático del Consulado robó tres de estos cuadernos y los entregó al bando franquista, y perdidos quedaron hasta su recuperación en los años 80. La editorial Crítica los ha publicado, con edición y prólogo de Santos Juliá.
Rivas murió en el exilio, en Méjico, en 1967.)
Para los muy curiosos, interesados en cotejar el original y la traducción, dejó aquí el comienzo de uno de los cuentos en los dos idiomas.


"THE WIDOW OF THE BALCONY 
I
They stood at the window of her boudoir in the new house which Stephen Cheswardine had recently bought at Sneyd. The stars were pursuing their orbits overhead in a clear dark velvet sky, except to the north, where the industrial fires and smoke of the Five Towns had completely put them out. But even these distant signs of rude labour had a romantic aspect, and did not impair the general romance of the scene".
Y una imagen del mismo párrafo en la edición de Calpe:


Hallábanse. Esteban. Novelería.
Bueno.
En cuanto a la inclusión de Bennett en una colección llamada Los humoristas, podría pensarse que los editores españoles no apreciaban en su justa medida el valor literario de nuestro autor. Nada de eso. Se trataba de la colección de mayor venta de todas las de la editorial, y en ella se publicaban los títulos del mismísimo Anton Chejov.
Hoy podemos asegurar que Arnold Bennett no ha tenido en España la fortuna editorial de otros novelistas eduardianos, muy populares en nuestro país: E.M. Forster, Conrad, H.G. Wells. Pero si alguien le hubiese preguntado al señor Arnold en 1931, el año en que falleció, sobre sus ediciones en castellano, a buen seguro que se habría mostrado satisfecho de la cuidada representación de sus obras en las librerías españolas.